Imaginen en los años de la década del 90 a dos amigos (Carlos y Luis) que debían realizar un viaje por trabajo hasta Andalgalá primero, y Belén después. Hablamos de Catamarca. Carlos le pidió a Luis que lo acompañe. Y salieron la mañana de un sábado, en una Ford Ranchera medio viejita, de color blanco. A las 6 de la tarde habían terminado la primera etapa del trabajo en la Perla del Oeste, y había que seguir hacia el Departamento vecino. Carlos sabía que había un camino más corto, aunque era peligroso, por la Quebrada del Cura, Ruta 46. El temor era que tuvieran algún percance, porque ese trayecto era muy poco transitado. «Por ahí no pasa nadie», le advirtieron. La alternativa, sin embargo, era «dar una semejante vuelta para ir a Belén por la otra ruta», le comentó Carlos a Luis. En cambio, por la Quebrada del Cura había supuestamente apenas unos 40 kilómetros, pero con piso de tierra, «costillar», como le llaman algunos en la región. Cuando Luis narró esta historia para Zona Negra, aclaró que si uno de los autos modernos de estos tiempos debiera atravesar aquella quebrada de entonces, terminaría desmantelado, desarmado. A las 6 de la tarde en verano queda aún mucha luz de día. Fueron a la estación de servicio, cargaron combustible, y encararon hacia la Quebrada del Cura.
Antes de comenzar a andar por ese sector, Luis observó que, sobre una lomada, estaba estacionado un camión que le produjo curiosidad, porque la cabina se veía oscura, y no pudo distinguir la cara de quien se encontraba al volante. Le pareció que era alguien con sombrero, pero nada más. Algo le dio «mala espina» a Luis, y se lo comentó a Carlos. Cuando ya llevaban recorridos varios kilómetros por la quebrada, vieron por los espejos retrovisores que les apareció el camión. Luis le sugirió a su amigo que lo dejara sobrepasarlos, pero el ancho del camino se los impedía, porque iban a quedar orillando hacia el vacío, con el peligro de desbarrancarse. De todas maneras, cuando ellos disminuían la velocidad, el camión también lo hacía, como si el misterioso conductor de ese rodado quisiera mantenerse así, detrás de la camioneta, pero al mismo tiempo acelerando por momentos, como si pretendiera chocarlos desde atrás. En un tramo de llanura que el camino se lo permitió, Carlos se tiró hacia un costado, dejando el suficiente espacio para que el camión los pasara, y así fue, haciéndolo a gran velocidad, hasta desaparecer de la vista.
Siguieron andando, y más adelante Carlos le comentó a Luis que había una cuestecilla donde iban a poder detenerse un momento para observar una salamanca. De eso estaban hablando, cuando de pronto Carlos miró por el espejo retrovisor y le avisó a su amigo: «si te digo quién viene atrás, no vas a creerme». Otra vez el camión aparecía siguiéndolos. Luis recuerda que solamente atinó a preguntarse «¿de dónde salió?» Se notó que Carlos estaba asustado, y pisó el acelerador a fondo, pero Luis nos cuenta que le pidió calma porque, al ser un camino sinuoso, podían volcar. En cambio, le sugirió que nuevamente dejara que los supere, recostándose sobre la banquina. Otra vez, el pesado vehículo los pasó a gran velocidad, perdiéndose a la distancia. Un tramo más, y llegaron a la mencionada cuestecilla, cuando comenzaba a oscurecer. Se detuvieron a mirar la salamanca, y Luis asegura que así, de lejos, en medio de un tremendo silencio, se escucharon y se vieron cosas extrañas. Estuvieron unos minutos, hasta que Luis le pidió a su amigo que retomaran el viaje, antes de que anochezca. Cuando volvieron a subir a la camioneta, ni bien se pusieron en marcha, nuevamente por los espejos vieron que les apareció el camión.
No había manera de que les volviera a surgir desde la retaguardia aquel pesado vehículo. Pero esta vez, además, lo hizo de manera más amenazante, como queriendo meterles miedo, porque amagaba más decididamente querer impactarlos desde atrás, frenando de golpe, volviendo a acercarse, y cuando Carlos mermaba la velocidad para cederle el paso, no lo hacía. Luis, reconoce que esta vez se asustó tanto o más que Carlos, llegando a decirle que «¡para mí, el que maneja es el diablo!», porque le parecía inconcebible que estando en pleno día, no se le pudiera ver el rostro, solamente un sombrero. Sintió que sea quien sea que manejara ese camión, era alguien muy peligroso, y le rogó a su compañero Carlos que buscara un recoveco donde desviarse del camino. No había cómo resguardarse de las embestidas de ese camión, y apenas pudo salirse un poco hacia la banquina, los pasó tan violentamente cerca, que no se explicaron cómo no les arrancó uno de los espejos.
Quedaron ahí por unos minutos, Carlos y Luis, respirando un poco más aliviados, llenándose de preguntas sobre todo lo raro que les estaba sucediendo, y al rato siguieron viaje. Kilómetros más adelante llegaron hasta un puesto caminero, donde estaba la policía, y había unos almacenes cercanos. Los dos descendieron de la camioneta para estirar las piernas, y Carlos se acercó hasta uno de los uniformados, preguntándole si minutos antes había pasado por ahí un camión, y lo describió. Cuando le dijeron que no habían visto ningún camión en ese puesto, también le explicaron que no había camino por donde pudiera haberse desviado. Pero un paisano de la zona estuvo escuchando la conversación a la distancia, y le comentó a Carlos que ya había escuchado sobre la aparición de ese supuesto «camión fantasma». Luis, concluye suponiendo que la intención de quien lo manejaba, era encerrarlos para que la camioneta desbarranque, sin necesidad de chocarlos. Imaginen la gravedad del tema, que en 2015, cuando habló nuevamente de esta historia para Zona Negra, Luis admitió que seguía todavía arrepentido de haber acompañado a Carlos en aquel viaje.