Por Jorge Claramonte
Les paso a contar algunos hechos inexplicables y sorprendentes que nos han ocurrido a mi señora y a mí, en la casa donde convivimos desde hace unos cinco años. Siempre me pregunto si estas cosas nos pasan sólo a nosotros. Quizá alguno de ustedes haya atravesado por situaciones similares, y en ese caso estaría bueno que las compartan. Son pequeñas anécdotas, que incluso se pueden leer como relatos breves. No son historias de terror, pero les aseguro que no encontramos ninguna explicación razonable. Y hago otra vez una aclaración: lo paranormal, no necesariamente tiene que estar vinculado al terror, sino también a aquella cosas que nos dejan con una intriga.
Primer hecho: Estaba yo trabajando con mi notebook, en la mesa del comedor, cuando ella regresó del trabajo. Me saluda, y de un costado de la mesa levanta un arito de oreja, preguntándome «¿qué hace mi arito aquí?» No le presté atención, porque pensé que realmente ella lo había dejado ahí horas antes, pero insistió: «¿Qué te estás poniendo mis aritos?» Pensé que bromeaba, pero le respondí que yo no había tocado nada de ella, y seguí concentrado en mi trabajo, sin prestarle mayor atención, hasta que agregó: «No hay forma de que este aro venga solo hasta la mesa, porque está juntos a los otros aros en uno de los cajones del placard en la habitación. Recién entonces fue que suspendí mi tarea, levanté la vista hacia ella con cierta intriga, y le pregunté si realmente estaba hablando en serio. Me dijo que sí, y tras reiterar que yo no tenía nada que ver con aquello, cambiamos de tema.
Segundo hecho: Unos días después de aquel episodio, estaba yo por comenzar con mis actividades en el trabajo, cuando mi señora llama a mi celular y me dice, con tono de preocupación: «Me acaba de pasar algo raro…» En realidad, raro ya era que llamara a esa hora, y cuando le pedí que me contara brevemente lo sucedido, me dijo que «recién terminé de almorzar, levanté mi plato y los cubiertos, los dejé en la mesada de la cocina para lavarlos después, fui al baño a cepillarme los dientes, y cuando regresé al comedor los cubiertos estaban otra vez en la mesa…» Admito que mi primera reacción fue sonreír, y después le recordé: «¿Ahora me vas a creer que yo nunca levanté tu arito?»
Tercer hecho: Hace tres años, nos sorprendió que se haya «extraviado» una suma de dinero ahorrado, que teníamos guardado en un lugar del placar-ropero, al que nadie más tiene acceso, porque vivimos juntos sólo ella y yo. El resto del dinero estaba, pero del total, faltó un monto importante que jamás apareció. De más está decir que entre nosotros nunca habría desconfianza. Un día, buscando en YouTube, encontré que este tipo de «desapariciones» suelen ser frecuentes, siempre en roperos, y que hay quienes las atribuyen a Universos Paralelos.
Cuarto hecho: Mi mujer y yo despertamos una madrugada, porque había refrescado y buscamos una manta. Luego, nos acomodamos otra vez para continuar durmiendo, y habrán pasado unos cinco minutos cuando sentimos el inconfundible ruido del picaporte de la única puerta del dormitorio, abriéndose. Como un resorte, los dos quedamos sentados sobre el colchón, mirando hacia esa puerta que, sin embargo, estaba absolutamente cerrada. Luego nos miramos entre nosotros preguntándonos «escuchaste lo mismo que yo?» «sí, alguien abrió la puerta». Pero hay que aclarar, además, que para abrir esa puerta hay que presionar con algo de fuerza la manija bien hacia abajo, hasta que parece destrabarse con un ruido inconfundible. Pero no había nadie, ni nada.
Quinto hecho: Tenemos una gata, que desde pequeña jugaba con su imaginación, o al menos eso suponemos, escarbando sobre un mosaico en particular, como si estuviera en el patio de tierra. Con mi señora, alguna vez bromeamos diciendo que habría que buscar el tesoro que debe estar escondido debajo. Pero, una tarde mientras ella estaba estudiando en su escritorio, con la mishi recostada sobre una silla a casi un metro, y yo un poco más alejado, sucedió lo inexplicable. Desde mi lugar, vi que mi mujer giró bruscamente la cabeza hacia su derecha, donde estaba la gatita, y al instante el felino se lanzó a la caza de «algo» invisible, sobre ese mosaico al que solía escarbar. Notablemente contrariada, mi señora me cuenta lo siguiente: «De reojo vi una sombra pequeña que pasó a mi lado y se perdió a la altura del mosaico, por eso la gata saltó, porque ella también la vio». Manos la sombra, yo había visto las reacciones de mi mujer primero y del animal después, habían sido evidentes.
Sexto hecho: Todavía estoy buscando el postre que separé, luego de una cena, dejándolo detrás de la pantalla de la notebook donde estábamos mi señora y yo viendo un documental. Cuando finalizó el video, corrí la máquina para tomar ese postre, pero ya había desaparecido para siempre, «casi» ante nuestros ojos.
Afortunadamente algunas de estas vivencias las hemos experimentado juntos, mi señora y yo. Así, descartamos que sea producto de nuestra «imaginación colectiva». La casa es común, como cualquier vivienda de barrio, que no inspira miedo, ni siquiera recelo. Otra gente vivió aquí antes, y aunque estos sucesos se puedan interpretar como el juego de alguien, a mí mujer y a mí nos gustaría mucho develar el misterio.