Nelson tiene 45 años, y su novia Sandra 32. Cada mediodía, él viaja en su moto a buscarla en la casa donde ella trabaja como empleada doméstica. Pero aquel martes ocurrió algo verdaderamente perturbador. Era una jornada de sol radiante cuando Nelson salió de su domicilio, cerró la reja del portón, subió a su motocicleta y se puso a andar hacia ese destino habitual.
A mitad de camino, el hombre creyó ver alguien muy parecido a él, en un vehículo similar al suyo, pero yendo en sentido contrario por la misma avenida. Le llamó tanto la atención que, a los pocos metros, giró en U y decidió seguirlo para cerciorarse de la similitud. Cuando lo tuvo casi a su alcance, no pudo salir de su asombro: La moto era idéntica, vestían exactamente de la misma manera, e incluso llevaban puesto cascos gemelos.
Nelson se mantuvo detrás, observando detenidamente al otro motociclista, azorado al comprobar que era un clon suyo, pero tuvo un sobresalto al darse cuenta de que también las patentes eran iguales.
Continuó tras esa persona manteniendo la distancia, sólo para evitar que algún semáforo hiciera perderlo de vista, y ya resuelto a comprobar hacia dónde se dirigía. Nelson, íntimamente, no creyó estar tras un doble o un imitador, sino persiguiéndose a sí mismo. Sólo pensar esta posibilidad lo puso loco, y le produjo un leve mareo. Pero siguió tras él.
Para mayor asombro, su «otro yo» giró en una esquina como si lo hubiese hecho él mismo en cualquier día a esa hora, y se encaminó hacia su propia casa. Cuando ese supuesto impostor detuvo la marcha en la vereda del domicilio de Nelson, él también lo hizo a pocos metros, y descendió de la moto ahora sí dispuesto a acercarse lo suficiente como para que lo vea, pero eso no ocurrió.
El «otro Nelson» estaba en la vereda, cuando de la casa apareció Sandra, sonriendo, y le abrió el portón, de la misma manera que lo hacía con él cada vez que llegaba. Pero ella no debiera estar allí, sino en su trabajo, donde él iba a buscarla. Al bajar de la moto, el desconocido se quitó el casco, y dejó de ser un desconocido: era Nelson, que se besó con su novia, e ingresaron a la vivienda sin el menor atisbo de haber observado su presencia.
Nelson permaneció paralizado en la vereda, sin poder reaccionar a todos sus pensamientos. Iba a increparlos preguntando «quiénes son ustedes», pero tuvo miedo de tampoco ser escuchado. De hecho, no lo vieron, aunque todo el tiempo estuvo a escasos metros de ellos. Iba a intentar ingresar él también a la casa, pero descartó esa idea, por temor de quedar atrapado en algún tiempo o lugar desconocido. Alguna vez había leído acerca de «Universos Paralelos», pero… ¿y si no se trataba de eso? No estaba seguro de nada.
Subió a su moto nuevamente y se marchó a gran velocidad retomando el camino en busca de su novia. En la primera esquina detuvo la marcha y miró la hora: era exactamente el mediodía… es decir que el tiempo no había pasado desde que saliera por primera vez de su domicilio.
Por momentos elucubrando las hipótesis más alocadas, y por instantes con la mente en blanco, Nelson fue atravesando esquinas y semáforos sin reparar de qué manera había frenado o avanzado. De pronto se preguntó si Sandra estaría en su lugar de trabajo cuando él llegara, o si era la mujer, la copia exacta de ella, que había visto minutos antes en su casa.
Al doblar en la última esquina, como siempre, a media cuadra de la Avenida se encontraba Sandra esperándolo con su habitual sonrisa, feliz y enamorada por ese cotidiano reencuentro.