Catamarca, 1968. En la clínica Del Valle, Mirta estaba por tener su segundo hijo varón. Se encontraba en la sala de parto, pujando, cuando sobrevino un inconveniente: La fase de expulsión se extendió más de los minutos calculados, y el bebé se había atascado. El médico consideró que corría peligro su vida.
A nueve cuadras de allí, en su casa, Rolando leía el diario La Unión mientras su esposa Isabel preparaba la merienda. Sabían que a esa hora podía haber novedades con el nieto por venir, pero su yerno Jorge les había prometido avisar de alguna manera. La perra de la casa, Belda (una pastor alemán adulta) de pronto se inquietó y corrió ladrando del patio hasta el cuarto de Mirta.
Rolando la siguió desde la cocina, pensando que el animal perseguía a un gato del vecino, pero Belda saltó sobre la cama de Mirta y se recostó con las patas hacia arriba, gimoteando y pidiendo atención de la misma manera que lo hacía cuando ella estaba en ese cuarto. El hombre la retó, indicándole que saliera de la habitación, pero la perra no le hizo caso.
En la clínica, a esa misma hora, el médico había tomado una decisión y Mirta era anestesiada para que se realizara de manera urgente el parto por cesárea. Jorge, el marido de Mirta, le encargó a un taxista amigo que fuera a la casa de sus suegros Rolando e Isabel para darles la noticia de que el nacimiento se había complicado.
En ese mismo instante, Mirta calmó a su perra Belda, pidiéndole que le hiciera caso a su padre y que saliera de la cama y del cuarto, porque todo iba a salir bien. Pero Rolando no vio a su hija en el lugar, aunque se asombró de la repentina calma del animal, que regresó al patio.
Más tarde, en la clínica Del Valle, nacía Mario. Al día siguiente, Mirta recibía el alta médica y volvía a su hogar con el segundo nieto de Rolando e Isabel. La joven madre comentó entonces que, durante el tiempo que había permanecido anestesiada, tuvo un sueño casi real de haber estado en la casa, calmando a Belda porque hacía renegar a Rolando. Su padre le confirmó que, aunque pareciera inexplicable, no había sido un sueño. Para la familia, la anécdota quedó como un misterio hasta estos días. Esta historia es real.