El siguiente es un relato que nos llegó a nuestro Facebook por parte de una oyente de Zona Negra:
Hola, te cuento lo que me pasó hace unos 8 años. Un día me invita mi esposo a Nueva Coneta, localidad del departamento Capayán, a buscar una planta de guinda que un compañero de trabajo le había regalado. Era un sábado a la siesta, a las 15.30 aproximadamente cuando llegamos a ese domicilio. Era una casa antigua, una casona vieja con característica del siglo pasado: paredes altas con ventanas y puertas grandes, tenía una vereda alta de ladrillos de mosaicos.
Cuando llegamos al lugar, estaba abierta la puerta principal que daba al veredón. Nos paramos sobre la vereda, golpeamos las manos, no se veía a nadie ni se escuchaban voces… nada. Se podía ver en el ambiente cercano a la puerta, un comedor con una mesa cubierta de un mantel de plástico, y sillas alrededor. Golpeamos las manos otra vez, y empezamos a escuchar el llanto desesperado de una mujer, que parecía de edad, por la voz. Cada vez era más fuerte, y más desesperante, como llanto de velorio. Nos miramos con mi esposo y le dije «parece que una anciana se cayó de la cama, entrá a auxiliarla», pero él dudó por tratarse de una casa ajena.
Mi marido continuó negándose a ingresar, diciéndome que no, que si salía un perro y lo atacaba, hasta que de tanto insistir lo animé y entró. Hizo dos pasos, quedando en medio del comedor que daba a la puerta de la calle. Había otra puerta que salía al fondo de la casa, y se veía una quinta grandísima de cítricos, más precisamente mandarinas. Entonces vimos que por un sendero venía caminando el señor al que buscábamos.
Mi marido quedó parado en el centro del comedor y yo en la vereda todo el tiempo. El señor, creo que era de apellido Zárate, lo vio a mi esposo y pegó el grito saludándolo: «Eeeeyyy mi amigoooo». Se puso contento. En ese momento el llanto dejó de escucharse. Entró este hombre y nosotros estábamos mudos. Mi marido le dijo «parece que hay una persona caída aquí dentro de algún lugar de la casa, íbamos a ayudarla», pero el señor muy sorprendido nos respondió «¿Qué cosa? No puede ser… ¿Adónde?», y se reía. Entonces entré yo y le dije «sí sí, hay una mujer llorando, y el llanto parece que viene de esa puerta que colinda con el comedor», pero el dueño de casa insistió que «no puede ser de ninguna manera, me están haciendo una broma, ¿verdad?», y aunque nosotros lo negáramos, y estábamos realmente preocupados, no hubo manera de que nos creyera.
Luego, durante la charla, este hombre nos explicó: «Yo estoy solo aquí, esta es la casa paterna pero mis padres ya fallecieron, y nadie de mi familia viene. Yo sigo viviendo en las Mil Viviendas, donde están mi señora y mis hijos que no quieren venir acá a acompañarme, porque dicen que se aburren». A continuación nos invitó a pasar a esa habitación de donde supuestamente provenía el llanto de una mujer mayor, pero solamente había tres camas bien tendidas.