Laura estaba, de pronto, recorriendo un largo pasillo que parecía conducir hacia una única puerta. Caminó de manera lenta, con dudas pero sin temor. El suelo era blando, como una colchoneta. Todo le era extrañamente ajeno, y al mismo tiempo familiar. Al llegar al final, se encontró con un hombre de edad avanzada, un viejo de mediana estatura y vestido de manera sencilla, ocupando un pequeño cuarto donde no había nada más que su presencia. Esa persona le transmitió confianza. «Quiero ver por última vez a mi hijo», pidió Laura, suplicante, entendiendo que de él dependía esa posibilidad, y que ya no habría otra oportunidad.
El hombre ensayó una mueca que podía confundirse con una sonrisa, la miró con piedad, y solamente dijo: «Dame una razón». Ella tenía miles de motivos en su mente para justificar el pedido, pero había uno superior a todos: «Porque es lo único que lamento estar abandonando». El hombre extendió sus brazos hacia adelante, con las manos abiertas, las palmas hacia arriba, y solamente dijo «cierra los ojos y camina hacia mí…»
Laura cerró sus ojos, avanzó a paso lento, hasta que sintió que el piso volvía a ser sólido, firme. Escuchó una voz que preguntó: «¿Mamá?» Abrió los ojos y entonces lo vio: Ahí estaba Miguel, su hijo adulto, que sin embargo para ella seguía siendo un niño. Se abrazaron con fuerza, con los ojos nublados por las lágrimas, mientras él le pedía que no se vaya, y ella le prometía que nunca lo dejaría. «Me permitieron verte por una vez más, mi hijito querido, pero siempre estaré a tu lado», sollozaba Laura.
Se reiteraron lo mucho que se amaban, hasta que de pronto el hijo despertó sobresaltado en la cama, llorando desconsoladamente. Era la hora de regresar a la sala velatoria para despedir a su madre. «Pero ella estuvo aquí… esto no fue un sueño», pensó Miguel. Y vio algo que así lo demostraba.
Laura abrió los ojos y ya no abrazaba a su hijo, sino a ese hombre. «Gracias», murmuró, todavía con el rostro húmedo por el llanto. El anciano la tomó de una mano y le pidió: «Acompáñame, te llevaré hasta un lugar donde te esperan quienes alguna vez se fueron de tu lado, y un día tendré que recibir a Miguel de la misma manera y conducirlo hacia ti…»
En el momento de mayor dolor de aquellas ceremonias, cuando se cerraba el féretro, Miguel sonreía aliviado y le susurraba a su padre: «Mamá está bien… esta tarde me visitó en casa y me dejó en la mesa de luz su reloj que tanto me gustaba, y la imagen de la virgencita que yo había escondido en el vestido que lleva puesto ahora… Fue impresionante».
Dos años más tarde, Miguel llamó a la radio para contar su sorprendente historia en el programa Zona Negra. Un oyente pensó, escuchando el relato, que «seguramente debió imaginar lo que le pasó». Al mismo tiempo, El Hombre, ensayó una mueca que podía confundirse con una sonrisa.
(Versión libre de una historia narrada a ZN)