En un pequeño pueblo druso al norte de Siria, un niño comenzó a decir cosas que helaban la sangre.
Apenas sabía hablar… pero repetía una historia con una seguridad perturbadora:
“En mi otra vida… me golpearon en la cabeza… y me enterraron en las montañas.”
Lo más inquietante no eran sus palabras.
Era la marca de nacimiento que tenía justo donde decía haber recibido el golpe mort4l.
Los ancianos del pueblo decidieron comprobarlo.
Lo llevaron por caminos que nunca había recorrido.
Sin titubear, el niño caminaba como si recordara cada piedra.
Hasta que se detuvo.
Señaló el suelo.
“Mi cuerpo está aquí.”
Cavaron.
Y lo encontraron, un esqueleto humano con una fractura en el cráneo… y a su lado, una pala oxidada.
El niño comenzó a llorar, miró a su alrededor…
y señaló a un hombre del pueblo vecino:
“Él fue quien me mató.”
El hombre cayó de rodillas… y confesó.
Desde entonces, nadie volvió a hablar de reencarnación en ese lugar.
Pero dicen los ancianos que, en noches sin luna, el niño habla dormido…
Con una voz que no parece suya.