Si ves un pueblo que no está en los mapas… sigue caminando

Las Sombras Son Migrantes También

Autor: Marciel G. Elixir de Miedo

— Lucía Mendoza, 32 años, originaria de Oaxaca, México. Actualmente resido en Texas, pero lo que viví en aquel pueblo maldito me persigue cada noche—

Era abril de 2019 cuando decidí cruzar la frontera. No iba sola: me acompañaban Rosa, una joven hondureña que huía de la violencia de su barrio, y Javier, un hombre taciturno que llevaba semanas escondiéndose de un cártel. Nuestro guía era El Tuercas, un pollero curtido que prometió llevarnos por un camino seguro a través de la Sierra Madre.

La lluvia comenzó al tercer día de viaje. Un aguacero torrencial que convirtió los senderos en lodazales resbaladizos. El Tuercas maldecía entre dientes mientras avanzábamos, empapados y temblando. Fue entonces cuando, entre la neblina, vimos las primeras casas.

—¿Qué pueblo es este? —preguntó Rosa, frotándose los brazos.

El Tuercas frunció el ceño.

—Aquí no debería haber nada.

Pero ahí estaba: ese pueblo, un lugar que no aparecía en los mapas.

Las calles empedradas, las casas de adobe con techos de teja, las miradas esquivas de los lugareños… Todo parecía sacado de otra época. No había electricidad, ni señal de teléfono, solo el murmullo del viento entre los árboles.

—Necesitamos refugio —dijo Javier, observando cómo los aldeanos cerraban puertas y ventanas a nuestro paso.

El Tuercas, inquieto, señaló una posada al final de la calle. La dueña, una mujer anciana, nos recibió.

—Pueden quedarse… pero no salgan de noche —nos entrego velas en lugar de llaves.

El sueño no llegaba. A las 3:00 a.m., me despertó un sonido: Voces que reptaban desde el pasillo, rezos de letanías que enfriaban el cuerpo.

—¿Lo escuchan? —murmuré, pero Rosa y Javier dormían profundamente.

Decidí investigar. Al abrir la puerta, el pasillo estaba vacío… pero los susurros seguían, como si alguien invisible me rodeara. Entonces, vi la sombra.

Algo alto, demasiado alto, se deslizó por la pared. No tenía rostro, solo una silueta deforme que se estiraba hacia mí.

Corrí de vuelta a la habitación, cerrando la puerta de golpe.

—¡Tenemos que irnos! —grité, sacudiendo a mis compañeros.

Pero Javier ya no estaba en la cama.

La Procesión de las Sombras

Lo encontramos en la plaza del pueblo, rodeado de figuras encapuchadas. Llevaban antorchas, y en el centro, sobre una mesa de piedra, yacía El Tuercas, inmóvil, con los ojos abiertos y la boca cosida con hilo negro.

—¡Javier! —gritó Rosa, pero él no respondió. Solo alzó una mano, señalando hacia la iglesia.

Dentro. Algo se movía detrás del altar: una figura con cuernos retorcidos, ojos como brasas y una sonrisa que partía su rostro hasta las orejas.

—No es un dios… es un hambre —murmuró Rosa, paralizada.

Los aldeanos comenzaron a cantar. Y entonces, las paredes sangraron.

No recuerdo cómo escapamos. Solo sé que corrimos, ciegos de terror, mientras el pueblo se retorcía a nuestras espaldas. Las calles se enredaban como intestinos, y los rezos se convertían en gritos.

Rosa tropezó. Cuando intenté ayudarla, sus ojos se volvieron negros.

—Ellos ya me alcanzaron —dijo, antes de que algo bajo su piel comenzara a moverse.

Javier me arrastró lejos. Fue lo último que hizo por mí.

Llegué a la frontera sola, cubierta de tierra y delirando. Nadie creyó mi historia. Incluso cuando mostré las fotos que Rosa tomó en su celular ¿Cómo seguía teniendo batería? solo vieron imágenes borrosas, sombras sin forma.

A veces, en la oscuridad, escucho rezos. Y sé que ese lugar sigue ahí, esperando, alimentándose de los que se pierden en la sierra.

Si alguna vez ves un pueblo que no está en los mapas… sigue caminando.

Porque algunos lugares no quieren ser encontrados.