Relato de México:
Mi abuelita siempre me contaba una historia del pueblo de San Antonio. Contaba que todos eran familia, pues desde que nacían los bebés ya los tenían apalabrados para casarse con otro niño del mismo pueblo. Era parte de la tradición y así se debía hacer. Un día llegó un joven muy apuesto pero muy pobre al pueblo de San Antonio. Todos en el pueblo lo veían con mala cara ya que no era conocido. Aún así el joven se quedó aquí y un día conoció y se enamoró locamente de una chica llamada Rocío, proveniente de una familia humilde con seis hermanos y dos hermanas.
Para que los habitantes del pueblo no se dieran cuenta del pequeño romance que tenían, se veían a escondidas todos los días debajo de un puente. Todos los días sin falta se tenían que ver a las cuatro de la tarde y debían regresar a las cinco. Las hermanas de Rocío decidieron un día seguirla y ver qué hacía todas las tardes. Así descubrieron que tenía un romance con alguien externo al pueblo, por lo que ellas rápidamente le dijeron a su padre, quien le dio la orden a sus seis hijos de encargarse del asunto.
Una tarde lluviosa en la que se vieron, el joven le dio su chal y su sombrero a Rocío para que se refugiara de la tormenta. Cuando los hermanos de Rocío la vieron, la confundieron con el joven hombre. Es por eso que la comenzaron a apedrear hasta la muerte.
Actualmente, el pueblo creció y se dejaron las viejas costumbres, pero aún se dice en que vaga por San Antonio la joven Rocío. Se rumora a veces que aparece con un vestido negro o con su chal y su sombrero. Esa es la historia que nos contaba mi abuela cada vez que íbamos los nietos a su casa. Pero un día, simplemente la dejó de contar, pues ella falleció. Tuvimos que ir al pueblo de San Antonio para poder asistir al funeral. El velorio fue tranquilo. No asistieron más de 30 personas, solo familiares y vecinos. Al finalizar el funeral, mis tíos ofrecieron una comida sencilla al aire libre. Hasta este punto ya eran más de las 6 de la tarde. Aún se veía algo claro, así que aproveché para conocer el pueblo que tanto me había platicado mi abuela. Las pequeñas, acogedoras y coloridas casas llenas de arbustos verdosos hablaban por el pueblo, un lugar muy tranquilo.
Estuve caminando un buen rato hasta que llegué a una zona algo solitaria. Era una calle de tierra muy ancha y al final salías a un campo enorme, en donde a los lados habían varias banquitas. Y aquí en este lugar me cayó la noche. Los vientos fríos de marzo me abrazaron y los árboles sonaban al paso que yo caminaba. Quise regresar, pero mejor caminé un ratito más, pues me dolía mi abuela y no quería verla en su cajón. Recorrí un poco más este campo y al paso de unos minutos encontré un puente hecho de rocas en el cual, justo en medio, estaba una persona recargada.
Yo no dudé en pasar, apenas di el primer paso comencé a escuchar el llanto de aquella persona. No quise molestar, pero intenté ayudarle. Se escuchaba devastada. Ella caminó llorando. Pasando por el puente estaba una banca de piedra, en donde ella se sentó, y yo me senté justo a su lado. Esta muchacha vestía un vestido negro muy largo, junto con un velo que le tapaba la cara. Buenas noches, yo también estoy de luto, le dije intentando consolarla, pero ella solo lloraba. No quitaba sus manos de su cara. Un silencio algo incómodo se apoderó del lugar.
Comencé a notar que de ella se desprendía un aroma muy fuerte, como algo echado a perder. El aroma se iba haciendo cada vez más fuerte, y yo solo le repetía que se calmara, que ya no llorara, pero ella ni me atendía. Lloraba muy despacio, pero cuando le pregunté su nombre, ese llanto cesó. Ella sin quitar las manos de su cara, con una voz gruesa me respondió «Rocío». En ese momento me exalté. Sentí como si me fuera a desmayar, como si mi alma se hubiera salido. En ese momento mi madre me gritó. Yo volteé a verla, y me dijo que ya llevaba una hora buscándome. Cuando regresé mi mirada a aquella mujer, yo ya estaba sentada sola. Mi madre me pidió que regresara, pues todos en el pueblo decían que ya era peligroso a esta hora estar en la calle. No por los rateros, era por otra cosa, pues se comenzaban a contar historias de que una mujer aparecía por las calles.