Hay Promesas que sí se Cumplen, Pero el Precio… el Precio Nunca lo Decides tú

Sonotl, te voy a contar algo que me pasó…

Fue en el ‘76, cuando me mudé con mi mujer y mi hijo al rancho El Tule Viejo, buscando un aire más tranquilo. Mi hijo, Emiliano, nació con una condición que lo hacía diferente… no hablaba mucho, y cuando lo hacía, era con palabras que a veces nadie entendía. Lo miraban raro. Algunos niños se burlaban, pero lo que me comía por dentro era ese hombre grande, de camisa de mezclilla y sombrero negro que se reía cada que veía a mi hijo pasar.

No era un cualquiera. Nadie lo enfrentaba. Le decían “El Chano”, y todos lo temían. Cuando se reía, lo hacía como perro bravo, mostrando los dientes, y siempre con ese tono cruel, como si disfrutara sembrar miedo. Mi esposa me decía que no me metiera, que en los ranchos lo que se gana a machetazos, se paga en sangre.

Una noche, fui por agua al pozo. Era tarde, la luna estaba baja y el aire olía a tierra revuelta. Justo cuando jalaba la cuerda, una mujer de negro apareció parada junto a mí. No hizo ruido. No vi de dónde llegó. Solo me habló con voz suave pero firme:

—¿Darías lo que fuera para que dejaran en paz a tu hijo?

Yo ni lo pensé. Tenía rabia, impotencia y miedo por dentro. Le dije que sí. Que lo que fuera.

La mujer asintió, como si ya supiera mi respuesta, y se fue caminando sin hacer sombra.

Al día siguiente, era domingo y nos juntamos todos en el llano para ver un partido de béisbol. Jugaban los del rancho de arriba contra los nuestros. Estaba animado el juego, la gente comía, conversaba, se reía… Hasta que El Chano llegó.

Fue como si se apagara el aire. La gente empezó a levantar sus cosas. Algunos decían que mejor se iban antes de que se armara alguna bronca.

Pero no alcanzaron.

Una parvada de cuervos salió del monte, negros como la noche, chillando como si algo se les hubiera quebrado por dentro. Se abalanzaron sobre El Chano sin aviso. Le picotearon la cara, los brazos, el cuello. Lo tiraron al suelo, lo hicieron pedazos. Nadie se movió. Nadie ayudó. Solo veíamos… como si el miedo nos clavara al piso.

Cuando los cuervos se fueron, el cuerpo era una piltrafa. Y lo que quedó de él ni su propia madre lo hubiera reconocido.

Esa noche, al cerrar la puerta, vi por la ventana a la mujer de negro parada junto al pozo, mirando hacia la casa. No dijo nada. No volvió a aparecer.

Desde entonces, a mi hijo nunca más lo molestaron. Pero tampoco volvió a hablar.

Por eso te digo, Sonotl…

Hay promesas que sí se cumplen. Pero el precio… el precio nunca lo decides tú.

Fuente: Los Escritos de Sonotl.