Soy Silvana. Esto me sucedió en 1990. Nosotros éramos un grupo de cinco integrantes, cuatro varones y una mujer: yo. Los cinco practicábamos, porque sería una práctica, no una religión, la Iluminación, que se llama «Ser Luciferiano». Siempre salíamos en busca de mesas servidas, de salamancas, rituales, donde podíamos encontrar la iluminación que necesitábamos. Una noche fuimos, por este motivo, camino a La Gruta, donde hay un tanque de agua, y debajo de ese tanque una especie de túnel, pero yo lo recorrí hasta la mitad, porque sufro de claustrofobia.
Mayormente las apariciones paranormales ocurren a esa hora, o bien los luciferianos creen que a las 3 de la madrugada es cuando sale el Gran Maestro. Llegamos hasta la mitad del túnel y los chicos regresaron porque yo no podía respirar. Salimos del túnel y escuchamos una especie de risas, primero, y olor a comida, a papas fritas, asado. Decidimos seguir. A todo esto, cabe aclarar que hay que cumplir con un ritualismo, donde nos vestíamos de negro, y se debe cargar una especie de cruz invertida. Llegamos a ese lugar, mucho más adentro del tanque donde estábamos, y nos encontramos con una mesa servida.
La mesa servida contaba con un candelabro con velas rojas y negras, gallinas blancas con el cogote cortado, mucha sangre, un cáliz de la iglesia, bebidas alcohólicas, champán, vino, cerveza, sandwiches, y creo que caviar también. Mis amigos dijeron «por fin lo encontramos». Yo me quedé al lado de una tusca, petrificada, y ellos se sentaron, alabaron, y comieron. Después de comer, uno de mis amigos, Facundo, dijo que se llevaría el cáliz. Entre los cubiertos no había cuchillo, sino un puñal, y Facu decidió que también se llevaría ese puñal en la mochila. Me preguntaron por qué no me sentaba, pero había algo que no me permitía hacerlo. Finalmente me senté en el piso y les dije «ustedes están totalmente locos». Cuando les reproché lo que estaban haciendo, me pidieron: «entrá en el juego, porque para eso vinimos hasta aquí».
Nosotros teníamos una banda de rock, tocábamos black metal. A partir de ese momento, en los días que siguieron, llegó a manos de Mario, mi mejor amigo, el libro Necronomicom, que para algunos es ciencia ficción, pero para las personas luciferianas es el «Libro Negro», el opuesto a la Biblia. A todo esto, Facundo ya no era el mismo de siempre, estaba casi todo el tiempo callado, nosotros lo hablábamos y lo único que hacía era beber alcohol y permanecer con la mirada fija, en el piso. Por entonces, a uno de nosotros se le ocurrió la «brillante idea» (soy irónica) de que visitemos el cementerio municipal, y entremos por la parte trasera, donde están las personas enterradas en el piso. Fuimos.
En ese lugar hicimos el ritual de la sal, donde se marcan las seis cruces. Para que se entienda, sería la imagen del Macho Cabrío, pero representado en forma de cruz, en triángulos, que algunos le llaman «el juego de protección». Para nosotros no era eso. Sacamos una ouija, pero no la común y corriente que tiene cualquiera, si no la de piedra. Entendíamos muy bien el latín para «comunicarnos», porque estábamos muy empapados en el tema, y comenzamos a «jugar». En la ouija de piedra se juega solamente con la sangre de cada uno de los participantes. Hicimos la invocación, en la parte central de la ouija, y hubo conexión inmediatamente.
Los gritos, los ruidos, las carcajadas que comenzaron a sentirse dentro del cementerio, eran algo espeluznante. Lo único que me dijeron mis compañeros a modo de advertencia fue «no soltés, porque si rompés, nos atacan». Tras realizar la invocación, preguntamos quién era que estaba allí, y nos contestó: «pide, y se te dará». Mario insistió en conocer su nombre, le dijo «dame tu nombre», y ese alguien que estaba ahí escribió «Belcebú». No sé si ustedes saben que existen siete arcángeles y siete demonios, que se les llama Legión. Cuando ese Ser le dijo «Belcebú», Mario le preguntó: «¿Y ahora qué querés?». Respondió que «a cada uno de ustedes, pide y se te dará». Cerramos el juego y nos fuimos, saliendo también por la parte trasera del cementerio.
Siendo las 3 en punto de la mañana, yo estaba acostada, casi dormitando, cuando sentí que una persona estaba parada a los pies de mi cama. Así, entredormida, solo pude distinguirle un pantalón blanco y una camisa cruadrillé de colores blanco y negro. Yo estaba de short, sentí que tocó mis tobillos, y vi sus manos de piel gris, con uñas largas, dobladas en las puntas. Quedé muda, pero sentí que me susurraba al oído, y se reía, una y otra vez se reía. Hasta que en un momento pude pegar un grito, y al rato entró mi padre al cuarto, prendió la luz, y no había nada.
No habrá pasado media hora, y llegó Mario, estando ahora todos levantados. Mario le pidió a mi madre, que era muy creyente, que por favor le regale la imagen de una virgen. En principio me sorprendió que mi amigo llegara a casa a esa hora, y solo minutos después de esa aparición que me había sobresaltado. Lo llevé hasta mi habitación y le pregunté «¿qué te pasó?». Me dijo «entré al baño de casa, y tuve una transfiguración… cuando me estaba lavando la cara, la mitad de mi cara quedó totalmente transfigurada en un demonio».
Más allá del miedo del momento, lo dejamos pasar como una anécdota. Tiempo después, a Facundo no sé qué le pasó por la cabeza, pero discutió con el hermano, y con el puñal que había sacado de aquella mesa servida, lo apuñaló, lo mató, y luego se suicidó. Más adelante se mató Esteban. Era un chico humilde, trabajador, que arreglaba heladeras. Esteban había caído en problemas depresivos. Luego, a mi otro amigo, le salió un tumor en la cabeza, y también murió. Finalmente, falleció Mario, que era quien repetía «a la hora y en el momento que yo lo diga». La única que queda viva soy yo.
El último suicidio fue hace siete años. Yo estuve con él unas horas antes, y era otra persona. Me pedía que vaya a la casa a hablar con él, pero en ese momento yo no podía ir, y se mató un 1 de agosto a las 3 de la mañana. Hace siete años que no bebo alcohol, desde que me sucedió algo muy loco, que estando con mi pareja me levanté de la cama y tomé unas tiras de ansiolíticos, pero las vomité inmediatamente. Luego salí afuera de casa, y los vi sentados a los cuatro, diciéndome: «Vení… te estamos esperando». Dos veces me «descolgó» mi pareja, evitando que vaya con ellos. Todo esto me costó visitas a psicólogos, psiquiatras, y hasta el día de hoy mi pareja escucha cuando me llaman. O lo llaman a él, y cuando salimos los dos, desde adentro de la casa me llaman a mí.
Fui una acérrima luciferiana, atea, agnóstica, y ahora soy una acérrima cristiana. Y ese es el mensaje que quiero dar. Chicos, cuando uno es joven, cree que se las sabe todas, pero hay cosas con las que no se jode. Porque existen. Ese es el consejo que les doy. No vayan a fiestas en el cementerio. Dejen a los muertos en paz. A quienes creen que con La Copa atraen a un Ser querido, están equivocados, traen a un suicida que lo único que quiere es llevarte, porque es una cadena.