Este episodio ocurrió recientemente en la zona Sur de la Capital de Catamarca. «Te lo cuento pero no me grabes», pide Gustavo, mayor de edad. Fue en una de esas madrugadas frías del invierno pasado (pero igual que esta noche), mientras lloviznaba, y él regresaba a su casa con su moto, cuando al cruzar una esquina mirando a su izquierda que no viniera ningún vehículo, le llamó la atención un nene que se encontraba en medio de la calle, como a media cuadra de distancia, jugado con lo que parecía ser una pelota de trapo, que no rebotaba. Frenó la moto y se quedó asombrado, observando si había alguien cerca que acompañara al pequeño, pero estaba aparentemente solo. Eran casi las 3 de la mañana, y le pareció muy rara la situación. Incluso, Gustavo reconoce que tuvo en broma la perturbadora idea de que «este chiquito no debe estar vivo», quizá influenciado por tanta serie o película de terror que vio en su vida. Pero le ganó el instinto paterno, de protector, y quiso alejar a ese nene de cualquier peligro al estar a esa hora solo, en medio de una calle, sin nadie alrededor.
En principio, Gustavo llevó su mano al bolsillo de la campera donde tenía el teléfono celular, pensando tomarle una foto antes de acercarse, quizá como «prueba» de lo que estaba pasando, y en ese segundo que desvió la mirada para activar la cámara, el niño había desaparecido. Gustavo se quedó incrédulo, de pie al lado de su moto, repasando con su vista toda la zona donde podría haberse escabullido el nene. Pese a su sospecha dudando acerca de si «estaba vivo», dice que no le dio miedo la situación, pero sí una gran intriga. Esperó un rato, y lo vio surgir de nuevo del lado de la vereda… el chiquito levantaba con sus manos la pelota hacia el cielo oscuro y lluvioso, y aguarda que bajara para atajarla, una y otra vez. Gustavo decidió hablarlo, y se acercó lentamente, para no asustarlo. Cuando estaba a unos diez metros le dijo “hola”, pero el chico no le contestó. Luego le preguntó “como te llamas”, y este, deteniendo el juego y mirándolo fijamente, abrió exageradamente la boca, pero apenas susurró como en un secreto para que no se entere nadie: «José».
Gustavo se acercó de a poco, mientras le consultaba «qué estás haciendo solito en medio de la calle», y esta es la parte que hasta hoy Gustavo no puede sacarse de la mente: esa criatura lo miró con ternura, abriendo sus bracitos en un gesto de cariño, pero dio un salto descomunal considerando su posible edad, abalanzándose sobre él. Lo que pasó después, es un impresionante desenlace que lo explica todo. Pero la tarea es convencer, por estas horas, a Gustavo para que se atreva a grabar este relato para Zona Negra.