Escuela Fantasma

Esa noche, como todas, me tocaba hacer ronda. Trabajaba como vigilante nocturno en un colegio antiguo, cerrado desde hacía años. El edificio estaba casi en ruinas, sin electricidad en la mayoría de los pasillos, así que siempre hacía el recorrido con una linterna en la mano. El trabajo era simple: revisar puertas, ventanas y asegurar que nadie hubiera entrado.

Desde el primer día me dejaron una regla muy clara: no ingresar al aula del segundo piso, al fondo del pasillo. Nadie me explicó el motivo. Solo dijeron que estaba clausurada desde hacía mucho tiempo.

Durante semanas cumplí la norma sin cuestionar nada. Hasta que una noche, mientras hacía la ronda, noté algo distinto. La puerta de esa aula estaba apenas entreabierta. Alumbré el interior desde el pasillo: pupitres viejos, un pizarrón manchado, polvo suspendido en el aire. Nada parecía fuera de lugar.

La curiosidad me ganó.

Entré.

El silencio dentro del aula era incómodo, pesado. Avancé unos pasos, iluminando el escritorio del profesor, cuando escuché una voz baja, firme, muy cerca:

—Presente.

Me quedé congelado. Apunté la linterna al fondo del aula. No había nadie. Entonces la voz continuó, leyendo nombres uno por uno, con un tono monótono, mecánico, como si siguiera una rutina.

Al iluminar el pizarrón, vi algo que no estaba antes: una lista escrita con tiza blanca, fresca, como recién hecha. Las letras eran torcidas, irregulares.

Las carpetas comenzaron a crujir.

Primero una. Luego otra. Se movían lentamente, como si alguien invisible estuviera tomando asiento. El aire se volvió denso, difícil de respirar. La voz se detuvo de golpe.

Entonces, la campana del colegio sonó una sola vez.

Sentí un aliento frío en la nuca.

Una voz infantil, justo detrás de mí, susurró:

—Recreo.

Todas las carpetas se movieron de golpe.

Salí corriendo sin mirar atrás.

Al día siguiente, renuncié. No volví jamás a ese trabajo.

A veces, al pasar cerca del colegio, por la noche, de regreso a casa… juro escuchar la campana