El relato se grabó en el año 2000, aunque para narrar la historia debemos remontarnos a la década de 1970. Un policía ya retirado de la fuerza nos recibió amablemente en su casa, enterado de que en Radio Valle Viejo existía de manera reciente un programa dedicado a los fenómenos paranormales. Nos dijo que, por primera vez, iba a narrar un hecho acontecido cuando él tenía unos 30 años, y estaba destinado en un destacamento del interior provincial. Pidió reserva de su identidad porque, si bien habían pasado poco más de 30 años del suceso, fue un secreto que habían guardado él y sus camaradas de entonces, por temor a una sanción de sus superiores. Ni siquiera le había confiado a su propia familia esta experiencia.
La historia comenzó en un boliche de aquella época, de esos donde no había música electrónica ni luces de efectos. Luis nos aclaró que ellos le llamaban «boliche» a un local del pueblo donde algunos vecinos se reunían a tomar mucha bebida alcohólica, preferentemente vino, jugar al sapo, escuchar música de Los Iracundos o de algún guitarrero local, y pasarla bien. Pero a veces los habitués del lugar se «desconocían» durante alguna discusión, y de vez en cuando terminaban en peleas. Esto último había ocurrido aquella madrugada.
Luis nos comentó que, Clemente, era el nombre de un joven de unos 20 años, quien había quedado huérfano de padre y de madre, y quizá por un cuadro de «depresión» (palabra referida a un trastorno que por aquellos años no estaba muy considerado, y menos aún en sectores rurales), continuó trabajando de herrero de lunes a viernes -oficio heredado de su papá-, para dedicar sus fines de semana a la diversión y las borracheras. Era muy tímido, dócil, casi sumiso y muy querido, Clemente, por todos quienes lo conocían. Sin embargo, durante esa trasnochada tuvo un entredicho nada más y nada menos que con el hijo del intendente, y lo resolvió a las trompadas. Luis, el policía que nos narró todo lo que pasó después, nos confesó la tremenda sorpresa de él y de los testigos del incidente, que no podían creer semejante reacción de Clemente.
Cuando lograron separarlos y alguien corrió a llamar a los policías de guardia en el destacamento, todos coincidieron en apuntar al joven herrero como responsable de ese mal momento vivido, y finalmente fue el único detenido. El propio Luis lo puso tras las rejas, en el calabozo con llaves, alrededor de las cuatro de la mañana. A las nueve, cuando un agente fue a preguntarle a Clemente si iba a tomar el desayuno, no lo encontró. La celda permanecía con llaves, pero vacía. Fue a dar aviso a Luis, que estaba a punto de retirarse de su servicio, y ambos quedaron desconcertados.
«No te imaginas las peripecias que tuvimos que hacer para que nadie se entere», nos reconoce Luis, porque luego de la detención había algunos procedimientos legales que debían cumplirse, y el propio intendente del pueblo quiso hablar con Clemente para que explique su actitud violenta hacia su hijo, pero los policías sellaron un pacto de silencio acerca de la desaparición, y urdieron distintas respuestas según quién preguntaba. Al segundo día de no tener ningún indicio sobre el paradero del chico, Luis y sus compañeros se pusieron de acuerdo en mentir que lo habían dejado en libertad, y entonces Clemente decidió irse de viaje por unos días. Nadie sospechó de esa versión, porque en definitiva podía obedecer a la vergüenza que sintiera el muchacho por aquel altercado. Pero los uniformados sabían que se trataba de una mentira, y más tarde o más temprano debían dilucidar la verdad. Durante la semana, y de manera disimulada, vigilaron su casa día y noche, no observando movimiento alguno. En la madrugada del sábado siguiente, el propio Luis estaba de guardia, tomando mates, leyendo un diario viejo, cuando escuchó una voz desde el sector del calabozo, que estaba como la mayoría de las veces, vacío. Extrañado, fue a ver, y se le erizó la piel ante nuestros ojos cuando, 30 años después, hablando con Zona Negra recordó su asombro al encontrar a Clemente tras las rejas, vestido con la misma ropa de una semana atrás, y en estado de ebriedad. Como si el tiempo se hubiera detenido para el joven desde que lo había encerrado.
¿Dónde había estado Clemente? ¿Qué había pasado con él? La resolución de este misterio está en el último libro de Zona Negra, y nos lleva a otra pregunta, vinculada a casos de desapariciones extrañas, sin ninguna explicación: ¿Dónde van esos desaparecidos?